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De un tiempo a la fecha, he escuchado, entre muchas otras, una afirmación por parte de las derechas y las izquierdas que se autodenominan progresistas: “El problema no es el gobierno ni el sistema, el cambio está en uno mismo. Hay que empezar por cambiar nosotros para después tratar de cambiar el mundo”. Palabras más, palabras menos. A esta sentencia responde duramente Slavoj Žižek, filósofo marxista radical al que he citado en diversas ocasiones en mis colaboraciones en este sitio, con el título y desarrollo del último capítulo de su libro “En defensa de la intolerancia”: “¡Es la economía política, estúpido!”.

 

En distintos momentos en este proyecto se me han planteado algunas objeciones por hacer uso de postulados propios de la teoría marxista con argumentos que señalan que resulta una perspectiva superada y que el socialismo real demostró ser un modelo fallido. Se ha dicho también que no existe prueba empírica o histórica (supongo que se refieren al “fracaso” del proyecto soviético o la difícil situación del pueblo cubano) que haga necesaria la alternativa socialista o, mucho menos, la comunista.

 

En esta ocasión, me gustaría responder a estos cuestionamientos y, a su vez, tratar de fundamentar por qué considero que es de vital importancia el marxismo para pensar nuestra realidad actual e histórica como mexicanos, oaxaqueños, istmeños e ixhuatecos, todo esto de la manera más concreta posible para no extenderme demasiado en un tema que da para años de discusión; asimismo, me parece una buena oportunidad para ir construyendo diálogo, postulado que este proyecto tiene como uno de sus estatutos.

 

Para comenzar, admito abiertamente tener una fuerte influencia por dicha corriente filosófico-político-económica, sobre todo por mi formación durante mis estudios de licenciatura en las dos universidades por las que transité para obtener el grado; sin embargo, esta constitución teórico-práctica en mí no solo se sostiene por el determinismo académico de un plan de estudios y una planta docente, sino por la convicción personal de que representa una perspectiva necesaria para analizar nuestra realidad sociopolítica.

 

El modelo capitalista en el que México se encuentra como lógica del sistema mundo moderno y, sobre todo, la etapa neoliberal a la que se adscribió el país gracias al gobierno de Salinas son elementos que no deben perderse de vista para comprender por qué somos una nación estancada y con enormes desigualdades sociales.

 

Este sistema económico tiene como parte constitutiva de sí las relaciones de dominación para que sea posible. El monopolio de los medios de producción y la socialización del trabajo son dos ejes que no deben descuidarse para la comprensión del asunto. Marx analiza ampliamente estos hilos en distintos momentos de su obra, pero principalmente, y de manera mucho más detallada, en “El capital”. Ahí elabora una radiografía del modelo desde sus orígenes y su desarrollo como paradigma hegemónico, el cual se caracteriza por la constante disminución de magnates del capital y la multiplicación de la miseria y de la explotación.

 

En el momento en que el obrero se ve desposeído de los medios de producción, tiene que vender su fuerza de trabajo como mercancía a cambio de una retribución económica. Dado que el poseedor de los medios de producción compra la fuerza de trabajo, este tiene el derecho de consumirla, es decir, de obligarla a trabajar por periodos determinados por él mismo. En las primeras 6 horas de una jornada de 12, por ejemplo, el obrero producirá lo necesario para recuperar las inversiones que el magnate ha hecho, y, en las siguientes 6, todo lo que se produzca serán suplementos que se quedarán en las manos del dueño de los medios de producción sin que el obrero vea algún beneficio, es a lo que Marx denomina plusvalía.

 

Ya que el sistema capitalista tiene como eje rector la libre competencia económica, los grandes magnates emprenderán batallas por superar a sus rivales a fin de atraer mayor cantidad de recursos para sí, lo cual, con el desarrollo de esta dinámica, arroja los grandes monopolios que como país tenemos.

 

El hecho de que Televisa y Telmex, por ejemplo, estén posicionados como grandes emporios a nivel mundial va más allá de un nivel de reglamentación jurídica, forma parte de un sentido y dirección de un sistema económico que no solo permite, sino que funciona bajo esa visión operativa. La economía de libre mercado ofrece disputas totalmente asimétricas tanto en el plano local como en el nacional e internacional. El desarrollo de las grandes empresas va de la mano de la destrucción de las formas autonómicas o locales de producción, lo que lleva al aniquilamiento de estas últimas.

 

Asimismo, puesto que el objetivo es la acumulación de capital ad infinítum, se utilizan todos los medios necesarios para conseguir dicho fin. Uno de los casos más paradigmáticos, y para relacionar el tema con mi columna de la semana pasada sobre las mineras en el Istmo, es el asunto de la explotación indiscriminada de los recursos naturales. En la visión del empresario primero está el capital; después, el capital, y por último, el capital. Se realizan megaproyectos que harán daños irreparables al ambiente sin que eso sea un factor a considerar. Actúan como si los recursos naturales fueran inagotables y como si el exterminio de los ecosistemas no tuviera mayores implicaciones.

 

Cuando Žižek dice “Es la economía política”, se refiere a que el problema principal dentro de la serie de desigualdades en un Estado como el mexicano no es de contenido, sino de continente. Las situaciones de desigualdad social y económica no se resuelven quitando o poniendo actores de una fracción política o de otra, es necesario un cambio completamente estructural (revolución) que transgreda de raíz un sistema económico sociopolíticamente podrido de origen.

 

No es que desdeñe las posturas moderadas, pero este no es un problema de “tomémonos todos de las manos y salgamos adelante”. Tenemos una crisis sistemática voraz que nos arroja otra diversidad de problemas en las distintas esferas (de seguridad, políticos, sociales, etcétera) de la vida humana. La apuesta de Žižek se dirige a no perder de vista que el asunto de fondo va más allá del simple cambio de piezas con las reglas que este sistema pone y que ni las posturas postmodernas ni las perspectivas interculturales ni las corrientes progresistas son capaces de detectar.

 

Sin introducirme en la parte de los postulados sobre religión ni la de la filosofía que Marx plantea (materialismo dialéctico), que en gran medida también comparto, me gustaría agregar unas últimas reflexiones en torno a los señalamientos sobre el presunto fracaso del denominado socialismo real.

 

En lo que a la Unión Soviética se refiere, es menester hacer una clara distinción de lo que fue el socialismo producto de la revolución de 1917 y la contrarrevolución materializada en la burocracia estatal de Stalin a la muerte de Lenin. Con la revolución de octubre, liderada por Lenin y Trotsky, se consiguió recuperar el poder de los medios de producción para la clase trabajadora a través del Estado. Los consejos obreros devolvieron a sus agremiados la propiedad productiva y se comenzó con un proyecto económicamente viable como bloque. La traición a la revolución por parte de Stalin destruyó los logros conseguidos y se cayó dentro del autoritarismo de Estado por parte de un dictador que suplantó la antigua burguesía por la burocracia abusiva, que poco o nada tenían que ver con la teoría marxista. Por lo anterior, debe matizarse y referirse al fracaso del estalinismo antes que el del socialismo.

 

En lo que se refiere a Cuba, también hablamos de un Estado autoritario, pero su situación es distinta. Desde 1960, un año después de la revolución, hasta la fecha, la isla tiene que subsistir con el bloqueo estadounidense a causa de su régimen comunista. Es cierto que el pueblo cubano padece, principalmente, de la limitación de derechos civiles y humanos, pero, si nos remitimos al problema original, veremos que el papel de Estados Unidos es fundamental para que esto se haya dado y se siga dando. No debe afirmarse que el autoritarismo castrista es un mal necesario para sacar adelante el proyecto comunista, debe exigirse que se retire el embargo comercial y económico que existe hacia Cuba y, entonces, estas situaciones civiles se modificarían. A pesar de esto, la isla ha demostrado que en materia de educación y de salud -primer lugar en cobertura en América Latina y 39 a nivel mundial, respectivamente- sus reformas han sido efectivas.

 

Continuemos, pues, dialogando con argumentos que sigan posibilitado este ejercicio de construcción de ideas a nivel público y recordemos la Tesis número 11 de Marx sobre Feuerbach: “Los filósofos no han hecho más que interpretar el mundo, cuando de lo que se trata es de transformarlo”.

¿Vale la pena hablar de Marx?

Michael Molina

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